Trampas de rigidez o pobreza

Las trampas de pobreza y de rigidez son conformaciones sistémicas que controlan la dinámica de los sistemas socioecológicos (SSE) y la evolución de los ciclos adaptativos. En ambos casos, interfieren o dificultan el cuidado y administración de los SSE.

La trampa de pobreza es una configuración que se caracteriza por la ausencia de actores o componentes claves y una muy baja conectividad. En esta conformación las posibilidades de cambio y adaptación son muy limitadas. Por el contrario, las trampas de rigidez tienen lugar en sistemas que se caracterizan por su elevada conectividad, lo cual puede favorecer la dispersión rápida de perturbaciones (por ejemplo, una enfermedad) o por la ausencia de diversidad de perspectivas en el análisis de la realidad y procesos de toma de decisiones asociados.

Las trampas de pobreza tienen su origen en la falta de conexiones o ausencia de componentes o actores dentro de un sistema, lo que dificulta o impide el flujo de recursos e información necesarios para su funcionamiento. La falta de energía, bienes e incluso de ideas conducen a retroalimentaciones positivas que favorecen la persistencia de la trampa en el tiempo. A modo de ejemplo, la pobreza impulsa la sobreexplotación de los ecosistemas y el debilitamiento de su capacidad de resiliencia, lo que finalmente disminuye las cosechas y aumenta la pobreza. Estas trampas también derivan en la falta de resolución de los problemas y desafíos y, en muchos casos, tienden a profundizar las causas estructurales. Las necesidades materiales aumentan la presión sobre los ecosistemas e impiden su recuperación. Si a esto se suma la ignorancia respecto a su funcionamiento y conservación, se crean todas las condiciones típicas del círculo vicioso de la pobreza.

Las trampas de rigidez en los SSE ocurren cuando existe un alto grado de conectividad entre todos los componentes del sistema. Dicha configuración facilita la propagación de choques o perturbaciones y promueve la ausencia de diversidad de perspectivas o puntos de vista. En este contexto, es recurrente la incapacidad de incorporar nueva información o experiencia. Las respuestas del sistema son rígidas, lo que dificulta la adaptación y, a la vez, aumenta los efectos de los disturbios. En esta configuración el sistema carece de resiliencia, no es receptivo a la innovación y no tiene capacidad de anticipación.
Por ejemplo, un bosque maduro, un ecosistema dominado por pocas especies, es muy vulnerable a incendios. Las trampas de rigidez también ocurren en al ámbito social, cuando los contextos culturales o religiosos no admiten la incorporación de nueva información que habilite cambios. La crisis provocada por la COVID-19 nos brinda numerosos ejemplos de comunidades religiosas que para respetar sus tradiciones mantienen conductas que atentan contra su seguridad sanitaria.

En la economía podemos encontrar innumerables ejemplos. El sistema de producción globalizado fomentó el cambio de modelo de las cadenas de producción, se cambió el modelo fordista (la línea de producción se encuentra en un mismo lugar) por otro caracterizado por la dispersión espacial de sus componentes en función de ventajas coyunturales. La aparición de la COVID-19 provocó la inesperada y súbita falta de algunos componentes y con eso se desencadenó el colapso de la producción en algunas industrias o la falta de algunos productos que solamente se producen en un lugar determinado.

No existen respuestas fáciles a estas trampas. En todo caso, implican apartarse del paradigma de comando y control, profundizar en los ciclos adaptativos de los SSE y comprender los principales mecanismos causales de la resiliencia, positiva o negativa (en términos de persistencia del sistema y su desempeño en el campo del bienestar de las sociedades humanas). Esto exige apertura, aprendizaje y un diseño institucional flexible.

Referencias Clave →

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